Tecno política y pandemia

by Julio Echeverria, The Diagonales Supervisor, Ecuador

El COVID 19 desnudó la debilidad de los sistemas públicos de salud para enfrentar la crisis sanitaria. Estos se embarcaron en una dramática ‘carrera contra el tiempo’ para enfrentar la rapidez con la cual el virus avanzaba en la geografía planetaria. La primera respuesta de los sistemas de salud fue de aturdimiento y desorientación; la comunicación entre científicos y políticos casi nula, unos y otros respondiendo a lógicas discursivas propias, con muy débiles líneas de coordinación; la sociedad expuesta al manejo de información imprecisa, obligada al retraimiento y la reclusión en sus estructuras más íntimas y privadas. El espacio público, drásticamente reducido a ‘cuatro paredes’, y en su lugar la comunicación digitalizada, tecnológicamente inducida, que emerge como campo público virtual para los relacionamientos sociales. 

La problemática ecológica y el desafío científico

Seguramente, el descubrimiento más sorprendente que nos deja el Covid 19 es que la sociedad, a pesar de sus grandes avances científicos y tecnológicos, no ha logrado aún observarse como parte de procesos reproductivos más amplios como son los que caracterizan a la evolución natural. La existencia de distancias incolmables entre las llamadas ciencias naturales físico-biológicas y las ciencias sociales o humanas evidencia el defecto de origen que caracteriza a la ciencia moderna y que está inscrita en la misma concepción de distancia entre hombre y naturaleza. Esta visión presupone la existencia de campos o de objetos de investigación que reeditan la separación teológica cuerpo-alma: las ciencias físico naturales que trabajan con la materialidad de los cuerpos y de los fenómenos naturales mensurables, y las ‘ciencias humanas’, que dedican su estudio al comportamiento de los sujetos y que tienen por objeto la vieja caracterización del ‘alma’, ahora declinada como conciencia y comportamiento.

En una de sus ultimas aportaciones teóricas, el sociólogo alemán Niklas Luhmann resalta este déficit de auto-observación de la teoría social, que no va a la par de la relevancia que han ido asumiendo los problemas ecológicos y ambientales, donde si aparece la ‘responsabilidad’ de la sociedad en generarlos [1]. Con su provocación, Luhmann parecería dirigirse primordialmente a las ciencias sociales más que a las físico naturales, dado que son estas las llamadas a discutir la producción de sentido que luego declinará hacia sus aplicaciones tecnológicas.

La demora en romper esta distancia epistémica, o sea, esa inclinación de la teoría social a tomar a la sociedad como su objeto de reflexión, alejándose lo más posible de lo que hacen las ciencias naturales, pone en evidencia un colosal defecto de observación que hace que llegue con retraso a la denuncia sobre el maltrato ambiental por parte de la sociedad y sus sistemas político y económico. La denuncia del movimiento ecologista no ha tenido aún su correlato en las formulaciones de la teoría social, no se ha producido aún un significativo cambio de paradigma que permita enfrentar, desde la teoría social, los problemas ambientales que se presentan mientras se complejiza la vida social. Ello, al decir de Luhmann, ha conducido a que se antepongan consideraciones morales por sobre la necesaria construcción de conocimiento científico: “La discusión teórica se vuelve subrepticiamente un asunto moral y todo déficit teórico se contrarresta con celo moral. En otras palabras, las ganas de mostrar buenas intenciones determinan la formulación del problema. Así, por accidente, una nueva ética ambiental se mete a la discusión sin nunca haberse analizado las cruciales estructuras sistémicas” (ídem, p.18).

Repensar estas conexiones implica un trascendental cambio de paradigma en el estatus de la ciencia que reconoce finalmente esta diferenciación. “La teoría debe cambiar su dirección de la unidad del todo social, entendida como una unidad menor dentro de una mayor (el mundo), a la de diferencia del sistema de la sociedad y su entorno, esto es, de la unidad a la diferencia como punto teórico de partida” (ídem, p. 21). Esta modificación trae consigo otra de significativas proporciones: “La idea de elementos del sistema debe cambiarse de sustancias (individuales) a operaciones autorreferentes” (ídem, p.22). Esta fundamental transformación o cambio de paradigma hace que, a su vez, se transforme el conocimiento, desde la revelación de la verdad y el descubrimiento de las substancias de las cuales esta hecho el mundo, al del conocimiento de las operaciones que ocurren en el campo de la diferenciación e interacción entre sistemas, en este caso, entre el sociocultural y el biológico.

A partir de esta discusión y transformación de paradigmas, es posible romper el aislamiento de la ciencia social. La provocación de Luhmann conduce a la formulación de un concepto que será central en toda su formulación teórica, el de sentido, que aparece como aquel que interroga la configuración misma de los sistemas. La problemática ecológica es justamente una condición de complejidad que resulta de estas nuevas configuraciones semánticas.   

En las sociedades anteriores a la moderna, este problema no aparecía, lo que conocemos ahora por sentido, hacía parte de representaciones sacralizadas del mundo en las cuales no cabía ninguna aproximación que permitiera este tipo de diferenciación, las sociedades arcaicas “buscaron la autorregulación ecológica en ideas mítico-mágicas, en tabúes y rituales que tenían que ver con las condiciones ambientales de supervivencia (ídem, p.53). El advenimiento del sistema de la economía capitalista es aquí fundamental, nuevas formas de producir y consumir obligan al abandono de las formas de supervivencia y de sus equilibrios simbióticos, introducen complejos procesos de interacción en esta diferenciación antes inexistente entre sociedad y ambiente. Las sociedades complejas transforman la semántica religiosa de rituales que organizan las relaciones comunitarias internas y de estas con el ambiente, por intervenciones que no los reconocen y que por tanto los alteran en profundidad, generando reacciones y contra reacciones que pueden aparecer como riesgos o peligros ambientales.

Es en la producción de sentido donde se juega la más alta incertidumbre; es en este campo donde las posibilidades de generar peligros ambientales se vuelven constitutivas de la vida sistémica. El desafío estará en prevenir el riesgo o en planificarlo (Beck, U. 1996); la visión realista parecería conducirse en esta segunda dirección, mientras la primera se mantiene como reserva de sentido atenta a observar la contingencia del mundo. Finalmente, la conexión entre los problemas de construcción de sentido y sus derivaciones en los planos de la integración biológica del mundo, aparecen con mayor claridad.

La operación del sistema inmunológico

La irrupción de la pandemia del Covid 19, vuelve palpable la realidad de estas conexiones sistémicas; la presencia viral desata afectaciones que aparecen simultáneamente en ambos sistemas, incide con igual fuerza en la configuración del sistema biológico de los individuos como en la articulación de las relaciones sociales, en la producción de socialidad. Alerta sobre alteraciones que emergen de las relaciones entre estos sistemas y que las hemos identificado acudiendo al paradigma inmunitario.  ¿Cómo el paradigma inmunitario permite entender el margen de maniobra que requiere cualquier elaboración o respuesta dirigida a enfrentar la complejidad de estas relaciones? Una posible respuesta acude a los conceptos de simbiosis y homeóstasis, que la ciencia social extrae justamente de las aproximaciones de las ciencias biológicas, dos dimensiones en las cuales la intervención humana puede desplegarse con fines de reducir los procesos entrópicos de anulación del cuerpo social y de afectación a los individuos. El concepto de simbiosis alude a la compleja estabilización de los sistemas sociocultural y biológico en sus distintas escalas, la individual y colectiva. El concepto de homeóstasis refiere, en cambio, a las complejas adecuaciones y arreglos internos que alcanzan ambos sistemas en sus interacciones.

En ambas dimensiones opera el principio de inmunidad, el cual aparece como dispositivo de intermediación sistémica, define el campo de maniobra para las adecuaciones y acoplamientos que puedan darse entre ambos sistemas. Es protección en la interacción, pero también propulsor de relacionamientos. El principio de inmunidad supone una elaboración abstracta e intelectualizante, se despliega sobre el fenómeno de afectación simbiótica y homeostática para establecer límites y fronteras, establece una verdadera operación biopolítica (Echeverría, J. 2020). Los procesos de abstracción son los mecanismos a los cuales acude el paradigma inmunitario: observación, instrumentación de pruebas y procesamiento de datos, modelización estadística, elaboración de muestras, aplicaciones experimentales, construcción de protocolos de comportamiento, medición de impactos e intensidad de contagios, distribución de estos en el territorio, etc.

Las estrategias que se desprenden del paradigma inmunitario reflejan la vocación constructivista de la racionalidad moderna frente a la ruptura y alteración de los equilibrios simbióticos; trabaja sobre las mismas consecuencias de su operar nihilista. O corrige la posibilidad de la zoonosis, reduciendo los impactos de su presencia en la realidad natural de bosques, plantas y especies animales, o debe hacerse cargo de sus consecuencias. La radicalidad de la operación del virus, su grado de incidencia y propagación, obliga a desplegar intervenciones de contención y enfrentamiento en esta segunda dirección, obliga a instaurar una verdadera guerra viral y a posponer la necesaria reconfiguración de las relaciones simbióticas.  

El virus es portador de afectaciones y reconfiguraciones de la forma social y biológica y afecta la capacidad selectiva de ambos sistemas, altera sus condiciones de estabilización, obligando a replantear sus procesos. La posibilidad de gobernar la presencia viral, va a depender de la potenciación de las posibilidades que ofrecen sus operaciones selectivas; estas intermedian tanto la relación con el ambiente, como la autoobservación que conduce a orientar los procesos de intervención. En esta dirección las prestancias selectivas podrían concebirse como formas de operar del paradigma inmunitario.

El paradigma inmunitario como dispositivo de protección está presente en la vida de los sistemas y es el que define sus formas. No hay construcción de forma sin la delimitación de fronteras, sin la contención de impulsos y tensiones. La vida misma es una compleja articulación de procesos de inmunización que regulan las relaciones entre entidades que se configuran en procesos de diferenciación crecientes.

No existe diferenciación que no delimite fronteras, que no establezca filtros de inmunización, cada operación selectiva excluye y afirma posibilidades. Luhmann introduce el concepto de redundancia para ilustrar el funcionamiento de los filtros selectivos que definen las líneas de inmunización; la redundancia reduce la contingencia de la aleatoriedad con la cual se producen los encuentros, permite la posibilidad de enlaces y acoplamientos en la tendencia dominante de la diferenciación: “la respuesta debe venir del campo de la complejidad, de la teoría de la redundancia, de la capacidad de enlace” (Luhmann, N. 1996, p. 333). La redundancia refiere a la auto observación que proviene de la clausura de los sistemas al enfrentar el ambiente externo, es la repetición de la operación de clausura la que permite afinar la capacidad de respuesta: “cuando el sistema no puede ni planear ni pronosticar sus descubrimientos, debe construir un entramado sumamente redundante de expectativas”; de esa forma se reduce la aleatoriedad de los encuentros y se posibilita “reaccionar tanto a las comprobaciones como a las frustraciones”. La selectividad reduce la aleatoriedad de los encuentros gracias a la redundancia; esta genera memoria selectiva, los sistemas aprenden mediante el recurso a la memoria que solo se produce con la redundancia de sus operaciones selectivas. Esta formulación luhmanniana permite comprender de mejor manera las dinámicas de réplica o repetición, como las de variación o variabilidad que caracterizan a las operaciones sistémicas. El virus procede mediante estas operaciones, su capacidad de contagio y mutación opera mediante la redundancia de sus operaciones selectivas, estas le permiten adaptarse al ambiente en el cual penetran.   

Los sistemas inmunológicos en las sociedades complejas operan con distintos grados de selectividad. Una primera apunta a lo que desde el campo de la ciencia médica se conoce como sistema autoinmune, este refiere a la estabilización de prestaciones adaptativas en el enfrentamiento al ambiente. Se trata aquí de la estabilización de selecciones que se dan mediante redundancia, que se han probado en los procesos evolutivos de cada organismo y sistema vivo; configuran la llamada estructura genética, un código de señales que indican las condiciones óptimas para la selectividad y la adaptación simbiótica. Se trata de procesos reproductivos que operan de manera autónoma, independientemente de las operaciones selectivas deliberadas, propias del cerebro y de su sistema nervioso central.

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Este segundo tipo de operaciones se configuran como procesos selectivos de segundo nivel, institucionalizados e históricamente condicionados. Las distintas intervenciones realizadas para enfrentar al Covid 19 ponen en marcha esta operación tecno política. Trabajan con información procesada y elaborada reflexivamente, esto es, por operaciones de abstracción y modelización, volcadas a observar el ambiente y a predisponer de manera deliberada sus operaciones adaptativas. Al trabajar con información, el paradigma inmunológico traduce las señales que provienen de estas interacciones en datos procesables; la observación que realiza permite detectar modificaciones de temperatura, alteraciones sintomáticas, señales que orientan su operación. El registro de la sintomatología en el individuo es relacionado con la de otros individuos, lo cual permite diseñar mapas de recurrencia, al punto de reconocer la direccionalidad de las líneas de contagio; las modificaciones que el virus opera en el sistema inmunológico del individuo son ahora observadas en el contexto más amplio del conjunto social. La medición de la recurrencia sintomatológica es medición de la redundancia de la operación viral, lo cual permite modelizar la estrategia de inmunización y concretarla. 

Las señales que se emiten en estas interacciones dan cuenta tanto de las alteraciones del principio simbiótico como de las líneas de su recuperación, permiten intelegir las correlaciones que pueden establecerse entre selectividad y redundancia, como funciones a través de las cuales es posible definir tanto la afectación como la reconfiguración del principio simbiótico. Estas señales orientan las respuestas del sistema inmunológico, tanto en dirección a gobernar los cercos epidemiológicos, como a estudiar la fenomenología viral con el fin de producir la farmacología que reduzca la afectación viral y la vacuna que reconfigure la estabilización simbiótica. En efecto, se trata de reconfiguraciones, no es posible regresar al estado anterior; la presencia viral ha inducido modificaciones en la respuesta inmunitaria que terminan por inducir cambios en las formas de los posibles encuentros entre elementos diferenciados, en las interacciones entre el sistema sociocultural y el biológico.

Selectividad, réplica y redundancia

En la teoría sistémica que parecería ser la más adecuada para dar cuenta del fenómeno, los conceptos y las nociones de selectividad, réplica y redundancia son centrales. El concepto de simbiosis refiere a la inteligencia reproductiva de los sistemas vivos, a su capacidad de adaptación al ambiente, a su transformación interna que lo hace posible. Toda simbiosis resulta de operaciones decisionales realizadas mediante selecciones adaptativas. Estas afirman su reproducción mediante la función de réplica y copia de los equilibrios alcanzados; el concepto de redundancia nos remite, en cambio, a la memoria como operación de conservación y recuperación de las operaciones sistémicas; la redundancia recupera permanentemente señales que indican las condiciones de optimización de la capacidad adaptativa (Luhmann, N. 1996, pp. 312-314).

En la formulación de Luhmann, el concepto de redundancia es fundamental para describir los procesos adaptativos de los sistemas; la redundancia apunta a asegurar la prestación adaptativa frente a un déficit de comunicación; las señales emitidas por el agente externo no son procesadas comunicativamente, esto es, recibidas e interiorizadas: “La comunicación ahorra tiempo, hace innecesario que el proceso de selección tenga que repetirse. La comunicación sustituye la repetición mediante el enlazamiento” (ídem, p. 312). Sin embargo, la redundancia opera para posibilitar la comunicación, la cual resulta de procesos de repetición y réplica que permiten “adivinar una cierta posibilidad de qué es lo que se ajustará al propio contexto”. (ídem, p. 312). El repetirse de las prestaciones selectivas es una forma de construir memoria y de afinar los procesos adaptativos mediante variaciones; es en la constante repetición donde se afirma el proceso adaptivo y donde se perfecciona la prestancia selectiva mediante mutaciones que la optimizan.

La puesta en acto de la función de réplica y redundancia, es la que permite la mutación viral, y por tanto explicaría el paso del virus desde el animal al humano, la llamada zoonosis, así como las distintas transformaciones que acontecen en su proceso adaptativo evolutivo; la forma de la replica resulta de la redundancia, o sea del sucesivo repetirse de la prestancia selectiva. Al enfrentar el ambiente, el virus repite esta prestación hasta un punto en el cual su redundancia falla o se transforma, o por cambios en el ambiente al cual se adapta, o porque su operación se debilita, al punto de requerir una ulterior optimización de su capacidad adaptativa. La relación con el ambiente es aquí fundamental, porque es en ese permanente operar, donde acontece el principio de redundancia y de mutación. Estamos frente al desafío en el cual se encuentra todo sistema vivo: respuestas al ambiente que generan mutaciones internas a su estructura, tensiones por lograr acoplamientos más eficientes, que modifican sus estructuras internas, las cuales aprenden a colarse por los cercos inhibitorios del organismo al cual se adaptan. Las mutaciones son variaciones que se derivan de la operación redundante [2].

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Al igual que el virus, el organismo receptor opera de manera similar, se ve asaltado por la carga viral y responde activando su sistema de inmunización; su respuesta inicial es ciega, genera en muchos casos una sobreabundancia de agentes dispuestos a enfrentar la amenaza externa, los que terminan afectando al mismo organismo que deberían inmunizar; aquí el principio de redundancia termina por agotar la capacidad de enfrentamiento al elemento externo y el encuentro del organismo con la carga viral se vuelve patógeno. Salta la posibilidad de la simbiosis, la patogenicidad viral expresa la imposibilidad del encuentro simbiótico y el ingreso de la operación selectiva en un campo de auto anulamiento, operado por la persistencia de la redundancia [3].
Pero, también el organismo receptor opera mediante el perfeccionamiento de sus operaciones selectivas al momento de enfrentar el relacionamiento con el virus. El sistema inmune o inmunológico, deberá modificarse o adaptarse a las características de variación del elemento viral al cual se enfrenta. En muchos casos, este encuentro es ‘a-sintomático’, acontece sin mayores alteraciones, la capacidad de respuesta es altamente eficiente al internalizar la carga viral y generar una propia estructura inhibitoria. La adaptación funciona aquí como dispositivo de inhibición, el virus se integra al organismo receptor el momento en el cual este ha mutado la estructura inhibitoria de su sistema inmunitario; también aquí se ha producido un proceso de optimización adaptativa del sistema respecto de la presencia viral.

Esta es la ‘vida social’ del virus, su fenomenología, portadora de mutaciones, de cambios que exigen respuestas; se cuela en las estructuras inhibitorias de los organismos receptores, por ello aparece como amenaza; la incapacidad o debilidad de la respuesta inhibitoria exaspera la redundancia, lo que conduce al anulamiento de la posibilidad simbiótica, emerge así la patogenicidad incontrolable del virus. Es a través de estos intercambios como acontece la evolución. El virus afecta al organismo receptor al punto de modificar su característica inhibitoria o de inmunización, este se sirve del elemento viral para modificar su estructura inhibitoria. Se acumula así ‘memoria inmunológica’, que es aquella que posibilita los procesos simbióticos.

Estas distintas funciones -selectividad, replica y redundancia- operan en el espacio de la comunicación, emiten señales que son percibidas por los organismos receptores y auto percibidas por los agentes que las promueven, inducen respuestas de aceptación o rechazo, aprenden de la recurrencia de sus emisiones, y perfeccionan sus capacidades de adaptación. La medida de su eficiencia está en la fluidez de respuestas que se establecen en el intercambio de señales. Percepción y elaboración, tensiones, estímulos, irritaciones, stress, aturdimiento, pueden ser las formas a través de las cuales se emiten y circulan las señales que ordenan los procesos adaptativos.  

Según el paradigma epidemiológico, esta búsqueda de acoplamiento entre entidades diferenciadas se presenta como guerra viral;  el virus “invade  e infecta”, entra en las células y una vez allí “realiza miles de copias”, el paradigma sanitario de la guerra impide observar con claridad que el virus al ser “ácido nucleico cubierto de proteína” es incapaz de estrategia, no esta dotado de una proyección deliberada y voluntariosa; su naturaleza es, al contrario, la de un ‘material genético que resulta de procesos de réplica y redundancia’, que requieren de un ambiente propicio donde descargar su sobreabundancia. Es esta sobreabundancia de elementos que resultan de procesos redundantes que no metabolizan, la que se desata como letalidad viral: “El virus no se puede replicar solo porque tiene un número muy pequeño de proteínas, así que tiene que tomar control de las proteínas de la célula humana; el virus toma control de los mecanismos de la célula para poder llevar a cabo su propia replicación (…) Al infectarnos repite incansablemente el mismo proceso; una o varias de ellas entran en una célula y producen cientos o miles de nuevas partículas virales. En otras palabras, una característica de los virus es su abundancia simultánea de copias” (Beltrao, P. 2020).

La alteración simbiótica tiene que ver con el aturdimiento de la respuesta frente a la presencia del agente externo. El sistema inmunitario descarga respuestas sin identificar las características del agente externo que lo afecta; esta operación desata aún más la operación de réplica viral que busca encontrar otros ambientes propicios donde reproducirse. El stress producido genera excedencia de copias de si mismo, que buscan ocupar otros ambientes, lo cual acelera las dimensiones del contagio; la imposibilidad del acoplamiento provoca la destrucción del ambiente en el cual acontece el encuentro; la sobreabundancia de copias busca otros ambientes donde realizarse; se desata así una dinámica contaminante de difícil control.

¿Es el virus gobernable?

En la discusión entre virólogos y entre estos y generadores de opinión científica, tiende a filtrarse la idea de que el virus posee voluntad estratégica; la misma semántica de la inmunización como guerra antiviral remite a esta idea, cuando en realidad se trata de procesos que resultan de la interacción inestable en la cual se encuentran los sistemas vivos, interacciones que se rigen más por el azar, el equilibrio y el desorden, que caracterizan a los procesos adaptativos. Toda teoría sistémica camina en esta dirección, desde las formulaciones llevadas adelante por Ashby y L.V. Bertalanffy:
“por medio de funciones escalonadas el sistema exhibe comportamiento adaptativo según lo que el biólogo llamaría ensayo y error: prueba diferentes caminos y medios, y a fin de cuentas se asienta sobre un terreno donde ya no entre en conflicto con valores críticos del medio circundante. (…) Lo que sí debe ser subrayado es que el comportamiento teleológico dirigido hacia un estado final o meta característicos, no sea algo que esté más allá de los lindes de la ciencia natural, ni una errada concepción antropomorfa de procesos que, en sí mismos, no tienen dirección y son accidentales” (Bertalanffy, L.V., 1976, pp. 46-47).
La idea de que el virus opera mediante una estrategia dirigida a conectarse con el mecanismo metabólico que regula la reproducción del ser vivo en el cual se aloja y que allí realiza miles de copias, refleja una proyección humanizante sobre la materia viral, que el virus no posee. El comportamiento viral parecería más bien responder a una condición entrópica que resulta de procesos simbióticos fallidos en los que la función de redundancia persiste.

La expansión de la letalidad viral se adelanta a la construcción de la respuesta farmacológica y a la elaboración de la vacuna, esto es, a la producción de los dispositivos de inmunización. Es necesario que el virus manifieste su letalidad para que el sistema de respuesta inmunitaria actúe plenamente. Este retraso en la respuesta es un clásico problema de temporalidad, propia de la producción de conocimiento: este no puede aparecer antes de que el fenómeno sobre el cual se despliega demuestre su total capacidad letal. Tanto la elaboración de la vacuna como el despliegue de los cercos epidemiológicos de inmunización, suponen un trabajo de laboratorio que es científico y político. Un verdadero despliegue tecno político dirigido a su contención y eliminación, cerrar las líneas de contagio, ubicar su presencia en el territorio mediante la producción de test y de datos. Una estrategia que apunta a recorrer la trazabilidad del contagio como medida de contención a su expansión y diseminación; pero el virus rebasa esta primera operación, su diseminación obliga a acudir al confinamiento generalizado, como respuesta drástica frente al avance incontenible de su letalidad; todos estos dispositivos están dirigidos a detener su impacto avasallador, a ‘ganar tiempo’, mientras el sistema de inmunización desarrolla su capacidad de respuesta, mientras se produce la respuesta farmacológica y la vacuna. El producirla es la resultante del trabajo en laboratorio, sede par excellence del principio inmunitario, éste es el ‘cuarto de guerra’, donde se prepara el arma que pueda dominar la letalidad viral y reconstituir la estabilidad contingente del principio simbiótico [4].

Los virus “son ácido nucleico, material genético, cubierto de una proteína, (…) cuando ingresan a la célula tienen la capacidad de secuestrar todo el mecanismo metabólico, para que la célula se dedique a producir más de ellos” (Jaimes, J. 2020). “El coronavirus Introduce su código en la membrana de la célula para luego replicarse a partir de ella. Los virus están formados por cadenas de acido ribonucleico (ARN), que transportan la información genética del virus. Estos se replican y al hacerlo tienden a mutar, tiene un ARN “propenso al error” (Grubaugh, N. 2020). Es esta figura de penetración en el cuerpo, la que alarma y asusta, es esta imagen de un cuerpo exterior desconocido que reta al sistema inmunológico, una amenaza que introduce en el individuo la duda acerca de su propio sistema de inmunidad.

Esta característica es significativa. Nos indica que el virus en su propagación apunta a lograr un desempeño eficiente, que su adaptación es el resultado de intentos de acoplamiento que lo obligan a mutar, que su penetración no es lineal, sino que lo hace en contacto con el cuerpo que lo resiste; este repetirse de intentos, esta redundancia de operaciones hace que se “acumulen mutaciones en cada ciclo de copiado” (Escalera-Zamudio, 2020). Su gran capacidad de mutación pone en claro su operación adaptativa al atravesar el sistema inmunológico y adherirse a la célula que lo hospeda; al hacerlo, pone en evidencia también “…qué puntos débiles de su genoma podrían ser aprovechados para hacerle frente. El análisis de estas mutaciones, cuándo ocurren y dónde se producen, puede proporcionar información sobre su evolución y/o sobre sus regiones más variables” (Tolosa, A. 2020). Es esta una operación en la cual el sistema inmunológico del receptor, pone también en juego una operación adaptativa pero de signo contrario.

Muestras de una de las vacunas contra la covid-19 que se sometieron a ensayos clínicos./ EUROPA PRESS

La elaboración de la vacuna opera mediante la lógica prueba-error propia del principio de redundancia y es pieza clave de la operación de inmunización, replica las formas de operar del virus, pero reduce la aleatoriedad del encuentro entre los elementos de diferenciación. La vacuna es emulación de las operaciones redundantes del virus, solo que ahora esas operaciones pasan por procesos de modelización comprobables mediante procedimientos y protocolos soportados experimentalmente. La producción de la vacuna presenta un similar proceso adaptativo, se inserta en el cuerpo receptor y permite que el sistema inmunológico opere en condiciones más favorables. Cierra aquí la comunicación que el virus establece con la célula que lo aloja, se completa así el cerco de confinamiento epidemiológico, ahora insertando la respuesta en el cuerpo del individuo. De esta manera, se detiene la letalidad viral. El virus deja progresivamente de operar en el cuerpo social, mientras la estrategia de vacunación se despliega y adviene la restauración del equilibrio simbiótico. Aquí, nuevamente acontece la conjunción entre inmunización del individuo y del cuerpo social, la llamada ‘inmunización de grupo o de rebaño’ se ve completada por la vacuna, de esta forma se reinstaura la estabilidad dinámica del equilibrio simbiótico. La vacuna ha emulado la misma lógica del funcionamiento viral, se ha servido de la información del virus, para de potenciar su letalidad.

El carácter pandémico del Covid nos advierte sobre la dimensión colectiva de su operar, si bien se inserta en el cuerpo de los individuos, su rápida capacidad de contagio, al no depender de vector alguno y usar la aparente inmaterialidad del aire que se respira, al demorar en la manifestación de sus síntomas, masifica su impacto. El virus afecta la lógica de la aglomeración, del ‘estar juntos’ de los individuos, al punto de generar el ‘miedo al contagio’, un miedo que es mayor por las propias características virales: su invisibilidad a una primera aproximación y la rapidez con la cual se disemina en el cuerpo social. El carácter pandemico nos habla de un fenómeno que es individual y colectivo al mismo tiempo, donde la afectación dependerá mucho de la retroalimentación que opera entre ambas dimensiones.      


NOTAS

[1] Luhmann, N. Comunicación ecológica, México, 2020, p. 18.

[2] Investigaciones llevadas a cabo en el Instituto de Genética del University College London, resaltan la alta diversidad y complejidad de los procesos de mutación que caracterizan al Sars Cov-2; “Los investigadores han detectado 198 posiciones en el genoma del coronavirus que han sufrido mutaciones recurrentes y han sido detectadas en diferentes pacientes. La mayor parte de estas mutaciones (cerca del 80%) implican cambios de aminoácido en la proteína codificada lo que el equipo interpreta como una posible adaptación en marcha del virus a su hospedador humano. Cf. Tolosa, A.,Diversidad genética del coronavirus SARS-CoV-2, Genética medica news, recuperado en, https://genotipia.com/genetica_medica_news/diversidad-genetica-del-coronavirus/.

[3] Esta condición de aturdimiento en la respuesta podría ser la responsable de los procesos inflamatorios que conducen al incremento de la letalidad viral, por sobre estimulación del sistema inmunitario, a ello obedece “una mayor producción de citoquinas, responsables de la respuesta inflamatoria (…) creemos que este es uno de los factores que pueden estar causando la exagerada inflamación en las etapas avanzadas de la enfermedad de covid-19. Cf. Beltrao, P.,  Consecuencias del coronavirus: la “siniestra” transformación que el Sars-Cov-2 provoca en las células humanas infectadas, BBCNews, https://www.bbc.com/mundo/noticias-53265913, recuperado el 31 de agosto de 2020.

[4] De igual manera a cómo el cuerpo del individuo responde activando su sistema de inmunidad, sus anticuerpos, el sistema sanitario que protege al cuerpo social, establece cercos de inmunización; es el cuerpo social el que debe ser preservado y controlado, mientras se trabaja en el cerco de inmunización individual que tiene ver con la respuesta farmacológica y con la vacuna

BIBLIOGRAFIA

Bertalanffy. L.V..  Teoría general de sistemas, FCE, México, 1976. 

Beck, U., “Teoria de la sociedad del riesgo”, en Las consecuencias perversas de la modernidad, Anthropos, 1996. 

Beltrao, P. (3 de julio de 2020) Consecuencias del coronavirus: la “siniestra” transformación que el Sars-Cov-2 provoca en las células humanas infectadas, BBC Mundo. Recuperado de https://www.bbc.com/mundo/noticias-53265913

Echeverría, J. (a) y Biopolítica y afectación viral, The Diagonales, 2020, https://www.diagonales.it/echeverria3/ .

[1]      La temática ha sido ya tratada en otras dos intervenciones mías previas; cf. Echeverría, J. Coronavirus y globalización y La pandemia como alteración simbiótica, publicado en italiano en: Covid19. Le parole diagonali della Sociologia, The Diagonales, 2020,

Escalera-Zamudio, M. (25 de marzo de 2020). Coronavirus: 3 científicos latinoamericanos que están a la vanguardia de la lucha contra covid-19 (y los retos que enfrentan). BBC Mundo. Recuperado de https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-51990674

Grubaugh, N. (27 de marzo de 2020). Coronavirus: qué se sabe sobre la mutación del SARS-CoV-2 (y qué significa esto para la lucha contra la pandemia). BBC Mundo. Recuperado de https://www.bbc.com/mundo/noticias-52059226.

Luhmann, N., Comunicación ecológica, México, 2020. 

Luhmann, N., La ciencia de la sociedad, México, 1996.

Tolosa, A.,Diversidad genética del coronavirus SARS-CoV-2, Genética medica news, recuperado en, https://genotipia.com/genetica_medica_news/diversidad-genetica-del-coronavirus/


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Julio Echeverría, Ecuadorian, professor at the Central University of Ecuador, he taught “Sociology of Complex Systems” and “Theory of Culture and Urbanism”. He was director of the “Instituto de la Ciudad”, a body responsible for research and knowledge production in the city of Quito. Among his recent publications: Ensayo sobre la política moderna (UASB, 2018), Ciudad y Arquitectura (Trashumante, 2019).